Mi esposa le compró unos crayones a mi hija y se me gatilló un recuerdo de la infancia. Uno que obviamente está relacionado con crayones.
Cuando estaba en el jardín de infantes (preescolar, kinder, 1° de básica o como quieran llamarle) uno de los útiles escolares era una caja de crayones. Cada guagua tenía un espacio en un anaquel donde dejábamos nuestras cosas. A mí me gustaban particularmente esos crayones, y de una forma un tanto obsesiva empecé a cuidarlos. Los usaba con mucho cuidado y por varios meses logré que no se rompan. La mayoría de mis compañeros tenían sus crayones destrozados (como normalmente, de hecho los crayones de mi hija ya está rotos para el momento en el que escribo esto) y yo sentía cierto orgullo de tener mis crayones intactos. Un día fui a coger mi caja de crayones, que sí era mi caja de crayones, pero al abrirla me encontré con los crayones destrozados. Pero no solo destrozados, muy usados, es decir no eran mis crayones rotos y vueltos a poner en mi caja, eran los crayones de alguien más. ¿De quién exactamente? no lo sé, había un pequeño grupo de guambras bullies, 5 niños que eran tirados a bacanes. Yo sabía que podrían haber sido ellos, de hecho cuando vi mi caja de crayones con los crayones rotos, tengo en un flashazo de memoria, la cara de uno de ellos creo que se llamaba Raúl o Ramiro que me quedó viendo como con malicia. Mi primer impulso fue reclamarles a ellos pero me dio miedo. Fui a decirle a mi profesora que me habían cambiado los crayones, ella vio mi caja, vio que tenía crayones y dijo – Pero ahí están tus crayones – y le dije que no eran mis crayones que mis crayones estaban perfectos. Me quedó viendo con cara de incredulidad – Ahí están tus crayones.
No me acuerdo si lloré. No me acuerdo qué hice luego, me acuerdo que luego esos seguían siendo mis crayones y seguramente los crayones perfectos ya estaban igual de rotos que los que yo tenía ahora. Igual eran crayones, igual pintaban. Me acuerdo que me dio mucha rabia pero nada más.
Como la mente es así como una espiral a veces, el recuerdo de los crayones me despertó otro más. Cuando ya estuve en primer grado, uno de estos bullies se acercó el primer o segundo día de clases a joderme. Yo estaba sentado en una grada en el recreo con mi lonchera en la mano. Era una lonchera verde de plástico, no me acuerdo de qué personaje. Me molestaba y me molestaba el man, y me acuerdo pensar que si no hacía algo el man no iba a dejar de joderme, y me acuerdo no haber pensado mucho el rato que agarré mi lonchera y le di dos loncherazos en la cabeza. El pobre diablo se fue llorando sin saber qué hacer. Ya no me molestó nunca más.
Me pongo a pensar en mi hija, en que debe ir a una escuela y debe vivir experiencias como esas. Que debe aprender a defenderse y a cuidar también a los otros. Me emociona pensar todo lo que le queda por aprender y me preocupa el que debo aprender a que ella enfrente sus líos sin meterme mucho pero sin dejarla tampoco sola. Qué complicado es esto de ser padre, lo más lindo y lo más estresante. Por el momento trato de hacerle entender que hay cosas que no importan tanto, como por ejemplo que que unos crayones se rompan no es tan importante.